sábado, 22 de mayo de 2010

LA LIDIA DE TOROS BRAVOS. ¿ARTE O ANACRONISMO?

Nunca fui un seguidor de la tauromaquia, pero no ocultaré que siempre me llamaron la atención algunos aspectos que rodean este arte para unos, espectáculo cruel y sangriento para otros.


Yo que me siento amante de los animales, con algunas exclusiones que afectan a algunos insectos artrópodos de la especie de los dípteros (moscas y mosquitos), confieso que tengo el corasón partío por este asunto de la fiesta, por tanto, no enarbolaré ninguna bandera pro o antitaurina mientras no resuelva un puñado de incoherencias de cosecha propia, y lo más probable es que aunque las resolviere, seguiría sin situarme radicalmente en ninguno de los bandos, el de los defensores, el de los detractores o el de los que no saben y no contestan.

Es posible que algunas cuestiones no sean susceptibles de elevarlas a la categoría de axioma, y en esto de los toros, seguramente estamos ante uno de estos temas. A mí se me ocurren muchos argumentos a favor y muchos en contra, y es por eso que lanzo ésta línea de debate a quien le pueda interesar, que a buen seguro aparecerán nuevas evidencias o matizaciones que defiendan o censuren la tauromaquia.

Vaya por delante una clasificación en mi criterio entre la lidia de toros bravos en las plazas de los ídem y otro tipo de “espectáculos” que sólo tienen en común con lo primero, la participación de los astados.

Lo segundo me produce entre náuseas y compasión por los animales bípedos y cuadrúpedos que participan en eso que llaman fiestas populares. No dedicaré mi tiempo a esto.

Mi motivo de reflexión es únicamente la tauromaquia. Lo demás no me interesa.

Digo que me llaman la atención algunos aspectos, y los expongo a debate y reflexión a quien le pueda interesar, a ver si somos capaces de ser congruentes, que quien suscribe, no lo termina de ver claro.

Me causa sensación el propio toro bravo. No soy experto en zoología, pero creo que estamos ante el único animal capaz de superar el instinto de conservación, y a pesar del duro castigo que se le provoca en la lidia, es capaz de seguir atacando hasta su muerte. El más fiero león creo que saldría corriendo ante el primer puyazo de un picador.

No creo que exista otro animal que reproduzca la imagen de un toro embistiendo al caballo de un picador mientras éste último le aplica un severo castigo en forma de puya en sus lomos.

¿Será que no siente el dolor el toro tal y como lo entendemos los humanos?

La liturgia del las corridas es otro aspecto muy curioso, sobre todo ante el análisis de un lego en la materia como quien suscribe. Podría decirse que “fiesta” es más propia de países germánicos que del mundo latino. Me explico:

De todos es sabido la poca afición que tenemos los españoles a la puntualidad, que no es otra cosa que llegar a la hora convenida. Los toros, como todos sabemos, gozan de una exquisita seriedad en esto de respetar los tiempos, no solo de inicio, también de la duración de los tercios en los que se divide la lidia.

La propia reglamentación de la lidia, el reconocimiento de la autoridad del presidente que es quien manda, pero al que se le puede abuchear y mentarle sus muertos más frescos y sus muelas sin que quien lo haga tema terminar en el cuartelillo; todos estos aspectos, más bien parecen importados de países nórdicos.

Ciertamente no estamos ante un acto en el que las decisiones se tomen democráticamente. Sería curioso hacer un referéndum entre los espectadores después de cada faena para otorgar al torero el premio o castigo correspondiente. Aquí las decisiones las toma el presidente, con o sin la ayuda de no más de dos asesores, normalmente especializados en veterinaria, no obstante, es curioso que según reglamento, el presidente queda obligado a otorgar el primer trofeo por decisión unánime del respetable. El resto de los premios, lo otorga él, que para eso se le supone sapiencia y suficiente criterio.

Nuestra visión antropomórfica y simplista, tiende a aplicar criterios y razonamientos humanos a todo bicho viviente, atribuyendo conceptos o sensaciones que seguramente solo son propias de los humanos, a otras especies del mundo animal y vegetal.

¿Quién se comería una ostra si cuando se le hinca el diente, ésta su pusiera a chillar, o si al morder una fresca lechuga, se escuchase un angustioso ¡no me comas, por favor!

Los toros de lidia, hasta donde alcanzan mis conocimientos, son criados durante cinco años en libertad, con un mimo y dignidad que para sí anhelarían por ejemplo los pollos, condenados a vivir escasos treinta días enjaulados y sometidos a un estrés, alterando artificialmente los ciclos de sueño-vigilia con el único objetivo de forzar una sobrealimentación, y por ende, un rápido crecimiento antinatural. Obviaré la utilización de hormonas y piensos transgénicos, porque ese debate se lo dejo a los señores Morales y Zerolo.

Tampoco disfrutan de mejor vida sus primos los patos y sus primas las ocas, condenadas a una sobrealimentación hasta conseguir una hipertrofia en su hígado, que sin duda deleitará los paladares más exigentes de algunos antitaurinos, sin que nadie se plantee qué es lo que pensaban pato y oca cuando les obligaban a tragar maíz en el mejor de los casos o piensos hipergrasos en el peor de ellos, día tras día hasta su muerte.

Con todas éstas evidencias, aún no he visto ninguna campaña para dignificar la vida de estos animales.

Dicen algunos de los que postulan las tesis antitaurinas que la diferencia entre matar animales para cubrir necesidades de la alimentación humana, nada tiene que ver con el espectáculo sangriento y el sufrimiento innecesario de las corridas de toros.

Tal vez el matiz es que lo de los toros es público y su tamaño considerable, mientras que lo de los pollos ocurre en el más profundo anonimato. Como se les ocurra a los de “Callejeros” rodar en alguna granja, ya me veo el sector avícola en quiebra…

En la tauromaquia existen algunos aspectos que seguramente tienen que ver con nuestros instintos más irracionales, y es por eso que tampoco comulgaré con los protaurinos si se empeñan en vender la tauromaquia exclusivamente como un arte, obviando que lo que se produce en la plaza es un espectáculo de sufrimiento y muerte, que a mí personalmente me cuesta trabajo defender.

Tampoco creo que sea argumento suficiente el de la tradición, porque hasta incluso la tauromaquia ha evolucionado en el tiempo. Dudo mucho que hoy pudiera verse el mismo espectáculo que hace unos cuantos años, en el que los caballos salían a la plaza sin protecciones, y terminaban con sus tripas en la arena.

Hay algo de morbo en las corridas. Es un hecho cierto que estamos ante un espectáculo público relacionando con la muerte, irreversible por definición. El toro, el torero o ambos, terminan muriendo en la plaza, y esa circunstancia, entiendo que a mucha gente le produzca rechazo, pero de ahí a equiparar al ser humano y a los animales, me parece un absurdo, y aún me parece más absurdo e incoherente que quien propugna la abolición de las corridas, no tenga inconveniente alguno en defender, por ejemplo, el aborto. ¿Cómo se come esto?

Nadie, salvo que sea un imbécil integral, se cuestiona que el final de un cerdo sea una descarga eléctrica y termine convertido en estupendos jamones y embutidos, sin embargo, para mucha gente le resulta difícil imaginar que el toro de lidia nace y es criado con mimo para terminar sus días en la plaza luchando contra un humano, y si su nobleza y trapío son notables, cabe la posibilidad de que resulte indultado y termine sus días pastando en la dehesa como un semental.

No obstante, entenderé el rechazo que produce la visión de la sangre, del sufrimiento (si es que realmente los toros sufren tal y como los humanos entendemos el sufrimiento) y de la muerte en directo que se produce en la plaza, igual la cuestión fundamental que origina el rechazo tenga que ver con que el asunto tiene lugar públicamente y a lo mejor, también tiene que ver con el tamaño, porque nadie que yo sepa se plantea buscar una solución ante las masacres de mosquitos atropellados por la legión de coches que circulan, manejados por insensibles conductores que impunemente asesinan millones y millones de estos animalitos.

En cuanto a los que se sitúan en contra, aduciendo connotaciones “nacionales”, simplemente me produce hilaridad si tengo que ser educado, y una gilipollez si digo lo que pienso. ¿Qué diría D. Lluís Companys si levantase la cabeza?. Creo que era un gran aficionado a la fiesta nacional.

La verdad es que cuesta ser coherentes, y mucho me temo que si nos obsesionamos con esto del amor a los seres vivos, igual terminamos propugnando la antropofagia o la alimentación a base de Soylent Green (ver película de Richard Fleischer), como único medio de proteger el medio ambiente, la pachamama y a todas las criaturas del Señor.

Personalmente, me gusta el toreo, su estética, su música, la liturgia, el orden y el respeto que se respira en las corridas, el coraje del toro y del torero, pero tal vez suprimiría aquello que infringe castigo innecesario al morlaco, y por supuesto, los indultaría a todos, premiando a los de más trapío con un harén de hermosas vacas. Lo de los “trofeos”, aunque tenga su tradición, pues igual es un poco anacrónico en estos tiempos, pero seguramente, si me hicieran caso, con esto me habría cargado la fiesta, o tal vez estaríamos ante barbaridades como el café descafeinado o la cerveza sin alcohol. Si es que no tenemos remedio…

El problema que yo veo al futuro de la tauromaquia es que es que se trata de un espectáculo duro, crudo, real y evidente, y es tal vez esto lo que termine por negarle el futuro, no las manifestaciones de los “amantes” de los animales.

Podemos ver una pelí de Tarantino sin escandalizarnos, o incluso presenciar un bombardeo en directo por la tele, pero eso de la sangre, no lo llevamos bien, y si encima es de un bicho que pesa media tonelada, pues aún peor.

Ya sabe el lector que: “ojos que no ven, corazón que no siente…”

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